Resulta fascinante, y a la vez profundamente preocupante, cómo la política española parece haberse sumido en un auténtico folletín de sobremesa, donde los escándalos de corrupción se suceden con una cadencia casi esperpéntica. Personalmente, creo que la situación actual, marcada por el juicio a Ábalos y Koldo, no es solo un mero revuelo mediático, sino un síntoma de algo mucho más grave que está erosionando la confianza pública en las instituciones y, sobre todo, en la figura del presidente del Gobierno.
Lo que me llama poderosamente la atención es la aparente impasibilidad con la que se afrontan estas crisis. En cualquier otra democracia europea, con la mitad de procesos judiciales salpicando a la cúpula del poder, un presidente ya habría dimitido o, como mínimo, habría convocado elecciones anticipadas. Sin embargo, aquí parece que la estrategia es aguantar el chaparrón, confiando en que el desgaste se diluya o se traslade a otros actores políticos. Esta actitud, en mi opinión, no es solo una muestra de resiliencia, sino una profunda traición a la propia base electoral del partido, a ese electorado socialista que espera honestidad y ejemplaridad.
La defensa que se intenta hacer de la situación procesal de la esposa del presidente, Begoña Gómez, resulta especialmente delicada. Cuando los portavoces del Gobierno insisten en que se trata de una actuación judicial desproporcionada o errónea, uno no puede evitar preguntarse si esa narrativa cala en la sociedad. Desde mi perspectiva, la justicia en España es un pilar fundamental y suficientemente garantista como para que se cuestione su integridad sin motivos sólidos. Por mucho que el proceso penal pueda tener un desenlace favorable, la sombra de la duda, la percepción de que el acceso a ciertas esferas de poder pudo haber influido, ya ha quedado instalada en el imaginario colectivo. Y eso, créanme, es un daño difícilmente reparable.
Lo que esto sugiere, y es algo que muchos parecen pasar por alto, es que la credibilidad se ha convertido en un bien escaso y preciado en la política. Cuando se pierde, se pierde todo. Y en el caso del actual presidente, la pérdida de credibilidad es tan profunda que se antoja irrecuperable. No es de extrañar, por tanto, que todo el entorno político presidencial se vea contagiado por esta dinámica, cosechando resultados electorales catastróficos. La estrategia de culpar a los jueces o de agitar el fantasma de la extrema derecha, que hasta ahora había funcionado como mecanismo de movilización, parece haber agotado su efectividad. Es difícil imaginar una conspiración judicial y política tan elaborada cuando incluso el fiscal general del Estado se ve envuelto en polémicas.
La próxima comparecencia de Cerdán, otro de los hombres de confianza del presidente, promete añadir más leña al fuego. Cada día que pasa, cada nueva información que sale a la luz, no solo alimenta el circo mediático, sino que profundiza la herida en la confianza pública. En lugar de afrontar la situación con transparencia y asunción de responsabilidades, la estrategia parece ser la de esperar y ver, una táctica que, a mi modo de ver, solo agrava el problema. La convocatoria de un "superdomingo electoral" con municipales y autonómicas, como algunos sugieren, podría ser vista como un intento de diluir la responsabilidad personal, pero los mandos intermedios del partido merecen, en mi opinión, que su líder dé la cara antes que nadie. La política, al final, es una cuestión de confianza, y cuando esa confianza se resquebraja, las consecuencias son inevitables y, a menudo, devastadoras.